Vida digna: un sueño lejano en el Catatumbo
- Political Society

- 15 may 2025
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Por: Lina Castilla

Hay lugares donde la guerra no da tregua ni siquiera de noche. Donde dormir es un acto valiente y despertarse sin incertidumbre, un privilegio. Donde la dignidad no se pierde de golpe, sino que se va deshaciendo poco a poco, entre las manos de quienes la han visto desaparecer sin hacer ruido. Uno de esos lugares es el Catatumbo, tierra herida en Norte de Santander, rica en recursos y en historia, pero marcada por el abandono y la violencia.
El Catatumbo, tierra de gente generosa, de buen corazón y trabajadora, grandes montañas; es también tierra sin oportunidades, olvidada y encerrada en un conflicto que lleva más de 50 años. Desde enero de 2025, esta región ha vuelto a ser epicentro de una crisis humanitaria de gran escala. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), más de 8.000 personas han sido desplazadas forzosamente por enfrentamientos entre actores armados ilegales. Enfrentamientos que, aunque lejos de las grandes ciudades, retumban en la cotidianidad de miles de campesinos que viven bajo fuego cruzado, confinamiento o desplazamiento.
El Catatumbo no solo vive una crisis de seguridad. Vive una crisis de humanidad. Una crisis donde el derecho más fundamental ha sido despojado con la misma fuerza que las tierras. Y es que hablar de vida digna no es hablar de lujos. Es hablar de condiciones mínimas para existir: alimentación, salud, educación, libertad de movimiento, expresión, seguridad, acceso al agua, a la justicia, a la esperanza.
Hoy, muchos habitantes del Catatumbo no tienen nada de eso. Duermen en albergues improvisados, comen lo que les llega en ayudas humanitarias escasas, viviendo en preocupación constante. La guerra les arrebató la tranquilidad, pero el Estado les ha fallado al no garantizarles alternativas para recuperarla.
El Catatumbo lleva décadas gritando por atención. Gritando con movilizaciones campesinas, con denuncias, con resistencia. Pero es un grito que se pierde entre la indiferencia y la estigmatización. Es más fácil etiquetar a la región como peligrosa que preguntarse por qué ha sido tan largamente olvidada.
Y, sin embargo, la gente no se rinde. Resiste. Se organiza. Se cuida. Se reconstruye a sí misma con los pocos recursos que tiene, con las redes comunitarias, con la memoria viva de quienes sí sueñan con un Catatumbo en paz, con justicia, con oportunidades. Esa capacidad de resistir también es dignidad. Pero la dignidad no debería depender del sacrificio permanente de su gente. La dignidad debería ser garantizada, protegida, promovida.
No se puede hablar de paz mientras en el Catatumbo la vida siga siendo un acto de supervivencia. No se puede hablar de desarrollo mientras miles de personas no tengan acceso a lo más básico. Y no se puede hablar de democracia cuando hay territorios enteros donde los derechos humanos son letra muerta.
El Catatumbo no necesita lástima. Necesita justicia. Necesita presencia real del Estado, no solo en forma de operativos militares, sino en inversión social, en educación, en salud, en infraestructura, en cultura. Necesita ser escuchado sin miedo, sin prejuicios, sin filtros. Porque nadie puede vivir plenamente si cada día es una batalla por sobrevivir.
Hoy más que nunca, hablar del Catatumbo es hablar del país. De sus deudas, sus prioridades, su ética pública. Mientras allá se sigan violando derechos fundamentales, nuestra sociedad seguirá incompleta. Y mientras su gente no pueda vivir con dignidad, todos nuestros discursos seguirán vacíos.




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