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Una regulación con “huecos”


Por Shirley Angarita


Desde que entró en vigor la ley 2232 de 2002 que busca reducir el uso de plásticos de un solo uso en Colombia, muchas tiendas y supermercados de cadena optaron por cambiar su forma de entregar bolsas; algunas las empezaron a cobrar en nuestras compras (100 pesitos o 200 no le hacen daño al bolsillo), otros tomaron un camino innovador: fabrican bolsas con materiales supuestamente o en teoría reciclados o biodegradables (como el almidón de yuca). Sin embargo, el cambio parece centrarse más en lo económico que en lo ambiental, lo que antes era gratuitito por tu compra ahora tiene precio, pero el impacto ecológico sigue siendo casi el mismo. Siendo totalmente sinceros el problema real no es la bolsa en sí, sino el modelo de consumo que los colombianos tenemos; cambiar el material sin cambiar los hábitos capitales del consumismo que nos mueve es solo disfrazar la problemática e ignorar el problema de la contaminación. Las nuevas bolsas “eco” como son llamadas muchas veces también terminan en la basura sin darle un doble uso (que se supone es el objetivo de estas), porque pocas personas las reutilizan o las separan correctamente; además su producción general de igual manera, genera emisiones y residuos, aunque en menor cantidad claro está, así el resultado es un reciclaje del problema, no una solución.


Una cultura “desechable”


Desgraciadamente el plástico está presente en casi todo: vaso de icopor, pitillos, cubiertos y envases que usamos unos minutos y tardan siglos en degradarse. Aunque la ley también busca eliminar gradualmente estos productos por nuestro bienestar y salud, la realidad es que siguen circulando por comodidad y falta de control y por supuesto por la falta de conciencia ambiental colectiva que existe en Colombia. Muchas personas lo siguen usando sin pensar que cada pequeño desecho se suma a un daño global, no se trata solo de prohibir sino ofrecer alternativas reales y accesibles para todos.


Educación, no solo cobro


Las políticas ambientales deberían ir un paso más allá del supuesto castigo económico, cobrar por una bolsa puede generar conciencia en algunos, pero no cambia la mentalidad colectiva de consumismo si no hay educación ambiental ni incentivos reales para reducir, reutilizar y reciclar como es debido. El verdadero cambio vendrá cuando las personas comprendan que cada acción cotidiana tiene un impacto director al planeta, y que el calentamiento global no es algo que se inventaron los de arriba, es un hecho y lo estamos viviendo con las altas temperaturas y climas extremos a nivel mundial. Algo tan básico como cambiar una bolsa de plástico por una bolsa de tela podría permitir que en el futuro las nuevas generaciones no tengan que sufrir en un paradigma tan oscuro.

Más que leyes o cobros necesitamos coherencia y educación ambiental, el accionar más adecuado para esto es desde las escuelas, implementar una conciencia ambiental desde niños, enseñar el amor por el ambiente y la protección por el planeta no como algo que se debe hacer cuando “a uno le nazca” sino como una obligación. No se trata de pagar por una bolsa diferente sino aprender a vivir con menos plástico y más conciencia.

 
 
 

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