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Riqueza sonora en las montañas

Por Helí Arenas Vega



En esta verde y exuberante región, se escuchan las notas de una historia construida por la combinación de muchas tradiciones. Un relato que se configura en todos los tiempos en los que la música hace parte de esa narración, de la historia misma de Ocaña y nuestros ancestros. En esta región confluyen importantes pueblos indígenas, quienes aportan musicalmente los sonidos autóctonos e instrumentos primigenios de la época precolombina, heredados por generaciones y filtrando algunas de sus características hasta el día de hoy.


El uso de la madera es fundamental en este origen; surgen las primeras flautas de caña, los tambores hechos de troncos huecos con pieles, y los cantos polifónicos. También utilizan el arco musical de caña (Guakácara). Estos instrumentos se usan principalmente en celebraciones, danzas y rituales. El resto viene de afuera, algunos sonidos extranjeros, provienen de mucho más lejos que otros, unos que sí son nacidos en Colombia, pero cuyos sonidos se propagaron originalmente en otras regiones y que inevitablemente también llegaron a estas montañas tiempo después, tal es el caso de la gaita, un instrumento construido con el corazón del cardón, al que se le añade una boquilla, esculpida con cera de abejas y carbón, con aberturas para que el aire produzca el sonido mediante una pluma de pato o de ganso. Este instrumento que es considerado un Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, nació en los Montes de María, en la región caribe pero también resuena en los montes del Catatumbo. La contradanza española, que llegó a Colombia y a Ocaña con los conquistadores españoles y evolucionó adaptándose a las culturas locales, siendo un antecedente de otras danzas folclóricas. Se popularizó en las clases altas y luego entre las clases bajas. Lo cierto es, que estamos en un punto geográfico, en donde surgieron muchos ricos géneros musicales. En plena cordillera de la región andina, se tocaron las guitarras, tiples y bandolas; para fundar las más hermosas melodías: bambucos, torbellinos, pasillos, guabinas y carangas. Esa influencia europea inspiró a Ocañeros como Alfonso Carrascal Claro a componer "Geografía del recuerdo", o "La mugre*; también al célebre músico Guillermo Lemus Sepúlveda, quien se apropió de los instrumentos europeos de viento como el clarinete, con el que hizo los arreglos para el Himno de Ocaña y nos regaló composiciones como "Juancho y Alfredo*, canción con la que ganó el premio de Palpa en 1989, con ritmos como el porro y el fandango, que traen todo el aire sabanero y costeño, canciones que también son apropiadas y ejecutadas con maestría por los ocañeros, buenavisteros, convencionistas o carmelitano; esto es un reflejo palpable de la versatilidad musical de los hijos del Catatumbo.

 

Desde muy niño siempre estuve inmerso en este colorido mundo musical, como naci en 1988 tuve la dicha de disfrutar los "maravillosos noventa", como suelo llamar a la década más importante en mi vida musical, estaba en mis primeros 12 años de vida (hasta el 2000). Todo en mi está estrechamente ligado a la música y a la docencia. Pues nací en medio de músicos y profesores; la papayera y los lobros de ortografía no faltaron, entre montañas de casetes, recuerdo los de Ricardo Montaner, Diomedes Díaz y Magneto, en las mañanas clases de baile con el Binomio de oro, mientras mi madre hacia el aseo y me prendía del brazo estando yo desprevenido, y en las noches, me arrullaba con la opronca, pero dulce voz de Ana Gabriel, mientras ella lograba conciliar el sueño. Las tardes me gustaban más, a veces escuchaba los sonidos "extraños" que reproducía un viejo equipo de sonido que era de mi tío, mi primo era el que lo hacía sonar así, y lo que ponía era un casete de música "House" (la música electrónica de la época), luego vendría la música "Trans" y otros géneros, pero esa es una larga historia. El hecho es que desde siempre escuche una amplia diversidad de sonidos, voces, géneros e idiomas; todo sin salir de mi barrio. Para ese entonces y desde siempre, la música de orquesta se erigía y ponía en la cúspide a La Billo’s, y a Los Melódicos. Venezuela ya estaba presente, siempre ha sido parte de Colombia y viceversa, sino que lo digan Rafael Orozco y Pastor López, ídolos indiscutibles en ambos países.


Sin embargo y a pesar de tanto consumo musical, inclusive del merengue de Puerto Rico y República Dominicana, o el Son de Cuba, siempre preferimos lo que es nuestro. Por eso desde ese entonces ya dominaba ampliamente el vallenato, apoderándose de la gran mayoría de los parlantes de mi barrio. Era una avalancha que ya venía desde hace mucho antes de que naciera y que no necesariamente es un desastre. El rock y las influencias norteamericanas y europeas, por su parte hacían lo suyo, en tiempos contemporáneos se volvió normal ver al "metacho" en el parque, o los primeros e inpopulares "parches", que eran de las nacientes tribus urbanas, y que desde hace algunos años ya se veían por la capital, Bogotá. Ahora sus aires llegaban Ocaña. El rock, el punk, el metal, el ska y el reggae también entraban en la escena local, La voz de Kurt Cobain contrastaba con la de Miguel morales fácilmente si ibas pasando del parque principal a la calle del Dulce nombre. Esa multiplicidad, esa diversidad a pequeña escala hace que te sientas en una ciudad que te acoge y eso algo que siempre me maravilla de Ocaña.

 

El vallenato llega a Colombia a finales de siglo XIX, cuando el acordeón fue introducido por comerciantes alemanes a través del puerto de Riohacha. Al inicio, se integró en las expresiones musicales de los campesinos de la Costa Caribe, para luego esparcirse por todo el territorio nacional. A Ocaña llega en el año 1950 aproximadamente, en un proceso gradual en el que durante los próximos 20 años logro consolidarse en la región, ya para 1970, no se podía concebir una reunión familiar o evento importante sin vallenato. Ese regalo cultural que nos compartieron nuestros vecinos costeños, hoy está más vivo que nunca, pululan por cientos los artistas que se dedican a difundir y producir este género musical. No es específicamente de música clásica, ni de blues, ni de rock ni de jazz que quiero hablar; tampoco de reggaetón o rancheras mal hechas, Lo que quiero es quizá una utopía, es más bien un intento patético por rescatar en igual proporción nuestros otros sonidos y géneros, conocer y disfrutar el arte con conciencia de nuestras raíces, que los jóvenes no conozcan tan poco, que se sumerjan en el mundo sonoro y exploren cada facción que puedan de nuestra identidad sonora, sin descartar lo demás, sin ignorar que pertenecemos y somos gracias a estas identidades culturales y que sería bueno que se conserven y perduren por mucho en el tiempo.


 
 
 

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