Petro, Steve Bannon y una estrategia de comunicación política
- Political Society

- 30 oct 2025
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Por Dayron Reyes.

Luego de ver la entrevista de Daniel Coronell a Petro entendí con mayor claridad que el presidente no solo busca comunicar, sino dominar el ciclo de comunicación. Cada frase, cada forma de escabullirse del entrevistador parecen calculadas para mantener la atención pública orbitando a su alrededor. No hay improvisación inocente: hay una estrategia de saturación informativa. Petro habla para ocupar el día, para condicionar la conversación, para no dejar espacio al vacío mediático.
El problema es que esa táctica —útil para mantener cohesión simbólica en un movimiento político— se vuelve contraproducente cuando el país requiere señales de gobierno, no de campaña (aunque justo ahora le funciona de maravilla). Lo que en otro momento fue audacia discursiva, hoy se percibe como una sobreexposición que desgasta su propia credibilidad.
Esa forma de gobernar a través del discurso no se la inventó Petro. Forma parte de un modelo de comunicación política que se consolidó en la última década y que entiende el poder no como administración del Estado, sino como control del relato. En ese modelo, la agenda pública ya no se construye en torno a decisiones, sino a emociones. Lo importante no es tanto lo que se hace, sino lo que se dice y lo que se logra mantener en discusión (tiene a RTVC como megáfono, por ejemplo). Ahí aparece Steve Bannon, el ideólogo de la ultraderecha estadounidense y principal arquitecto de la estrategia que llevó a Donald Trump a dominar el ecosistema mediático global. Bannon comprendió que, en tiempos de sobreinformación, quien controla la conversación —aunque sea a través del caos— controla también la percepción de la realidad. Ese principio, replicado con matices en distintos liderazgos contemporáneos, explica en buena medida la lógica comunicacional de Petro: mantener el país hablando de él, incluso cuando el tema ya no es él.
Los eventos mediáticos del país, en los últimos meses, han tenido un protagonista único: Petro.
Desde sus apariciones en el Cauca y el Catatumbo hasta sus discursos en el Putumayo o sus giros en materia de seguridad, todo parece diseñado para mantener un ritmo de exposición constante. Incluso la transmisión televisada de los consejos de ministros o los debates internos del gobierno responde a esa lógica: gobernar narrando. Pero mientras el relato presidencial no se detiene, las crisis que lo originan tampoco se resuelven. El Catatumbo sigue ardiendo, la violencia rural se mantiene, y la inseguridad urbana no ha cedido. Lo que se apacigua no son los conflictos, sino la capacidad de atención pública que, día tras día, se diluye entre discursos, reacciones y controversias nuevas. Todos los colombianos tenemos ya una opinión formada sobre Petro; la sobreexposición no amplía el debate, lo encierra. Escucharlo permanentemente no permite matices: solo deja espacio para el amor o el rechazo. En esa polarización —tan útil para mantener identidad política— se pierde el terreno de lo común, ese espacio donde deberían construirse las políticas públicas. Y aquí el eco de Bannon vuelve a ser inevitable: su lección más eficaz fue entender que la polarización no es un efecto colateral, sino el mecanismo mismo del control.
Quien crea, por ejemplo, que Trump, Petro, Bukele, Lula o Milei son muy diferentes solo por su orientación política quizá no ha entendido que esto no se trata de izquierda o derecha, sino de una nueva forma de ejercer el poder: gobernar a través de la conversación permanente. Todos, en distinta escala, comparten la convicción de que la legitimidad se construye controlando el relato. La diferencia no está en el contenido ideológico, sino en el método. En este modelo, la política no se mide por resultados, sino por intensidad narrativa: quien más domina la atención pública parece más fuerte, aunque gobierne menos. Bukele lo ha perfeccionado al convertir cada decisión de seguridad en un espectáculo de eficiencia; Trump lo hizo con el caos como espectáculo; Petro lo hace con la épica de la confrontación. En los tres casos, el objetivo no es convencer, sino ocupar el espacio simbólico del día. Y eso explica por qué, aunque los contextos sean distintos, la consecuencia suele ser la misma: una democracia emocionalmente agotada, donde el debate público ya no busca entender, sino reafirmar, polarizar.
Esa lógica de saturación ha terminado por distorsionar también la forma en que los ciudadanos medimos el liderazgo. Hoy, la medida de un político no es su eficacia, sino su presencia discursiva. Yuval Noah Harari lo advirtió: las sociedades no se organizan alrededor de verdades, sino de relatos. Y en Colombia, ese relato cotidiano lo monopoliza el presidente. Pero cuando la narrativa sustituye a la acción, la política se convierte en una industria de percepciones. La ciudadanía, atrapada entre el entusiasmo y el hartazgo, ya no evalúa resultados, sino intensidad. No es casual que, en los últimos días, el propio Trump haya decidido incluir a Petro en la llamada “lista Clinton”, reeditando la vieja fórmula del enemigo necesario: todo caudillo necesita un adversario visible. Y Petro, buen alumno del método, supo aprovechar esa confrontación simbólica para reactivar identidad política y cohesionar su base en la antesala de la consulta del Pacto Histórico.
Al final, uno siente que el gran daño de esta época es habernos convertido en hinchas y no en ciudadanos. Los “ismos” —uribismo, petrismo, cualquiera— terminaron por reemplazar el juicio por la lealtad, y la política por la devoción. Si algo revela este momento político es que el ruido se ha vuelto nuestra medida de liderazgo. Y quizá lo verdaderamente subversivo, hoy, sea volver a la serenidad del juicio: a esa convicción simple, pero cada vez más rara, de que gobernar es hacer, no narrar.







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