Los juegos ya no salen a la calle
- Political Society

- 3 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Por María Gineth Arenas

Ya no hay trompos que giren ni escondites que se griten. Los juegos tradicionales han quedado en un segundo plano y los niños ya no juegan como antes. Hoy, gran parte de la diversión se encierra en aplicaciones que entretienen, sí, pero también aíslan.
¿Será que los juegos tradicionales están condenados a desaparecer? ¿O serán las pantallas las que terminen robando, poco a poco, la infancia?
Es que los juegos tradicionales no son solamente entretenimiento: son amistad, son compartir, son infancia, son memoria; son lo que un día recordaremos como parte de lo mejor de crecer.
Ahora, las dinámicas son otras. Muchos padres entregan una pantalla a sus hijos y los niños, casi sin darse cuenta, terminan acostumbrándose a ese mundo digital que ofrece todo a un clic. Ya no esperan a que un vecino toque la puerta para invitarlos a jugar; basta con abrir una aplicación para sentirse acompañados.
Lo curioso es que, aunque los juegos cambiaron de forma, la necesidad de jugar sigue intacta. Antes se corría detrás de un balón; hoy se corre en un videojuego. Antes se inventaban historias con tizas en el suelo; hoy se inventan mundos en pantallas táctiles. El impulso de divertirse sigue ahí, solo que adoptó un nuevo escenario.
Aun así, la calle tiene algo que ninguna pantalla puede reemplazar: lo inesperado. Allí nunca se sabía qué iba a pasar, quién llegaba, qué reglas nuevas se inventaban o cuántas veces se repetía el juego. Se aprendía a esperar, a compartir, a perder y a ganar con otros. Quizás por eso, cuando se habla de juegos tradicionales, aparece la nostalgia, porque fueron un espejo de lo que era nuestra infancia.
También habría que pensar en las ventajas y desventajas de esta transformación. Es cierto que los niños de hoy tienen acceso a información, creatividad y aprendizajes que antes parecían imposibles. Sin embargo, el costo puede ser la pérdida de la experiencia colectiva: esa de armar equipos improvisados, de hacer las paces después de una pelea en medio del juego, de entender que no siempre se gana.
Los recuerdos también serán distintos. Tal vez no estén llenos de rondas ni escondites, pero sí de juegos en línea, de videos compartidos, de mundos virtuales donde pasan horas enteras. Cada generación guarda lo suyo, pero en esta lo digital parece imponerse sobre lo demás.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿será que la infancia se está quedando sin calle?







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