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La paradoja tecnológica: entre el progreso y la dependencia

Por Angélica Picón


La tecnología se ha consolidado como el eje articulador de la sociedad contemporánea. Hoy resulta imposible concebir la vida académica, laboral y social sin la mediación de dispositivos electrónicos, plataformas digitales o algoritmos de inteligencia artificial. Este escenario plantea una doble perspectiva: por un lado, los indiscutibles beneficios en materia de comunicación, salud, educación y economía; y por otro, los riesgos asociados a la dependencia, la pérdida de privacidad y el ensanchamiento de las brechas sociales. La cuestión central, por tanto, no radica en negar la tecnología, sino en reflexionar sobre el modo en que la estamos integrando a nuestras dinámicas humanas y sociales.


La tecnología como motor de transformación social


Los avances tecnológicos han sido, históricamente, catalizadores de progreso. La imprenta democratizó el conocimiento en el siglo XV, el ferrocarril revolucionó la movilidad en el XIX y, hoy, el internet ha transformado la manera en que pensamos, producimos y nos relacionamos. En el ámbito educativo, las plataformas virtuales han permitido la expansión de la enseñanza más allá de las aulas físicas, ofreciendo oportunidades de formación a quienes antes estaban excluidos por razones geográficas o económicas. En la medicina, la inteligencia artificial facilita diagnósticos tempranos y tratamientos personalizados, salvando vidas y optimizando recursos. En la economía, el comercio electrónico ha generado modelos de inclusión financiera que permiten a sectores tradicionalmente marginados acceder a servicios esenciales. Estos ejemplos evidencian que la tecnología, cuando se orienta hacia el bien común, puede convertirse en un instrumento de equidad y desarrollo social.


Dependencia, brechas y vulnerabilidades


No obstante, el impacto de la tecnología no está exento de tensiones. El fenómeno de la hiperconectividad ha configurado sociedades dependientes de dispositivos móviles, lo cual afecta la salud física y mental, particularmente en las generaciones jóvenes. Estudios recientes señalan que la exposición excesiva a las redes sociales se relaciona con mayores índices de ansiedad, depresión y baja autoestima. A nivel estructural, la llamada “brecha digital” sigue siendo un desafío. Mientras algunos sectores disfrutan de conectividad de alta velocidad y dispositivos de última generación, otros carecen de acceso básico a internet. Esta desigualdad limita las oportunidades educativas, económicas y culturales, consolidando un círculo de exclusión difícil de romper. Asimismo, la dependencia tecnológica genera vulnerabilidades frente a fallos en los sistemas o ciberataques. Un apagón digital en bancos, hospitales o sistemas de transporte podría desencadenar un colapso inmediato en la vida cotidiana, evidenciando el nivel de fragilidad de nuestras sociedades hiperconectadas.


El debate ético y político


La acelerada expansión de la inteligencia artificial y el manejo masivo de datos han abierto un debate ético ineludible. Las grandes corporaciones tecnológicas acumulan información detallada sobre los hábitos de consumo, las preferencias ideológicas y hasta los estados emocionales de los usuarios. Este fenómeno, conocido como big data, se utiliza no solo para fines comerciales, sino también para influir en procesos políticos, como se evidenció en casos de manipulación electoral mediante el uso de algoritmos y campañas de desinformación. Frente a ello, el papel del Estado y de los organismos internacionales es fundamental. Iniciativas como el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) en la Unión Europea marcan un precedente en la protección de la privacidad de los ciudadanos y en la regulación del poder de las empresas tecnológicas. Sin embargo, en gran parte del mundo estas discusiones se encuentran en fases iniciales, lo que deja a los usuarios en una situación de vulnerabilidad frente al manejo indiscriminado de sus datos personales. El reto político consiste en garantizar que la innovación tecnológica se articule con principios de equidad, justicia social y respeto por los derechos humanos. De lo contrario, corremos el riesgo de transitar hacia sociedades vigiladas y controladas por intereses corporativos y gubernamentales.


¿Avance o retroceso?


El dilema que atraviesa la relación entre sociedad y tecnología puede resumirse en una paradoja: los mismos instrumentos que facilitan la vida cotidiana pueden convertirse en amenazas para el bienestar colectivo. El teletrabajo, por ejemplo, ha demostrado ser una herramienta de flexibilidad laboral, pero también ha generado precarización y la difuminación de los límites entre la vida personal y profesional. En la educación, la virtualidad ha ampliado horizontes, aunque también ha visibilizado desigualdades en el acceso a dispositivos y conectividad. Lo mismo ocurre con la salud digital: mientras unos acceden a consultas virtuales con especialistas, otros ni siquiera cuentan con atención médica básica. La tecnología, entonces, no puede evaluarse únicamente desde el prisma de la innovación técnica. Su verdadero valor radica en el impacto social, cultural y ético que produce en la vida de los individuos y las comunidades.


Reflexión final


La discusión sobre la tecnología no debería girar en torno a su aceptación o rechazo, sino a la forma en que se regula, utiliza y orienta hacia fines sociales. El desafío de nuestro tiempo consiste en construir un modelo de desarrollo tecnológico humanizado, en el que los avances se conviertan en herramientas de equidad y bienestar, y no en factores de exclusión o control. Ello exige, por un lado, políticas públicas que regulen el uso de datos, limiten el poder de las corporaciones tecnológicas y garanticen el acceso universal a la conectividad. Por otro, demanda procesos de alfabetización digital que fomenten un uso crítico, responsable y ético de las herramientas tecnológicas desde la educación básica hasta la universitaria. En última instancia, el verdadero progreso no se medirá por la velocidad de nuestros procesadores ni por la sofisticación de nuestros algoritmos, sino por la capacidad de la tecnología para fortalecer la vida en comunidad, ampliar derechos y reducir desigualdades. El futuro, en consecuencia, no depende únicamente de qué tan avanzada sea nuestra tecnología, sino de qué tan humanos decidamos seguir siendo en medio de ella.

 
 
 

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