La deuda pendiente: la educación como eje de transformación
- Political Society

- 23 abr 2025
- 4 Min. de lectura
Por: Juan Pablo Mazo Coronel

Hay palabras que en la política se desgastan por el uso sin compromiso, por la repetición sin sustancia. “Educación” es una de ellas. Se le rinde homenaje en los discursos oficiales, se escribe con letras doradas en los planes de gobierno, pero cuando bajamos a la realidad a la tierra polvorienta de las escuelas rurales, a los techos que gotean, a los pupitres que crujen descubrimos que detrás de esa palabra tantas veces pronunciada, hay una profunda deuda moral y estructural con millones de niños, niñas y jóvenes.
La educación debería ser la gran política de Estado. No una bandera de campaña, no una promesa que se hace para sumar votos y luego se olvida entre reuniones y balances financieros. La educación es la columna vertebral de cualquier proyecto de país que quiera ser verdaderamente libre, justo y democrático. No se trata solo de enseñar a leer o a sumar, se trata de ofrecer herramientas para entender el mundo, para cuestionarlo, para transformarlo. De formar ciudadanos, no súbditos. De abrir puertas a futuros posibles.
Pero, ¿cómo hablar de transformación desde la educación si aún hay niños que caminan tres horas para llegar a una escuela sin agua potable? ¿Cómo hablar de calidad educativa si los docentes deben poner de su bolsillo para comprar materiales? ¿Cómo exigir excelencia académica cuando la mitad del país no tiene acceso estable a internet y las bibliotecas escolares están llenas de libros obsoletos?
Lo más doloroso es que esta realidad se ha naturalizado. Como si fuera normal que un maestro gane menos de lo que merece. Como si fuera lógico que un estudiante deba elegir entre ir a clases o ayudar en casa porque la comida escasea. Como si fuera aceptable que la educación pública sobreviva con lo mínimo mientras se inyectan millonarios recursos en otras áreas que no construyen futuro.
Durante años, la educación ha sido tratada como un gasto y no como una inversión. Y esa visión miope nos está cobrando factura. Porque un país que no invierte en su gente, en su pensamiento, en su capacidad de imaginar y construir, está condenado a la dependencia, al subdesarrollo, al autoritarismo.
Necesitamos una revolución silenciosa, pero firme. Una en la que cada peso destinado a la educación sea visto como una semilla. Una revolución que empiece por dignificar la labor docente, por entender que un maestro no es un empleado del Estado, sino un constructor de ciudadanía. Que continúe por diseñar planes de estudio que dialoguen con el presente, que integren tecnología, pensamiento crítico, emociones, diversidad. Una revolución que entienda que enseñar no es solo transmitir datos, sino acompañar procesos humanos.
Y sí, hay que hablar también de infraestructura. Porque no se puede aprender con hambre, ni bajo un techo que amenaza con caer. No se puede formar a las nuevas generaciones en espacios que no son seguros, ni inclusivos, ni dignos. Pero junto a los ladrillos, hay que invertir en formación, en currículo, en bienestar emocional, en participación activa de las comunidades educativas.
La pandemia evidenció con crudeza estas desigualdades. Millones de estudiantes quedaron desconectados del sistema educativo por no tener un dispositivo, una señal, un espacio tranquilo en casa. Y sin embargo, poco hemos aprendido. Se volvió a la “normalidad” como si nada hubiera pasado, como si no hubiésemos visto de frente el abismo entre quienes tienen oportunidades y quienes no.
Lo cierto es que no podemos seguir aplazando este debate. No podemos seguir improvisando con una de las áreas más sensibles y estratégicas del desarrollo nacional. La educación no puede depender de la voluntad de un ministro o del color político de un gobierno. Necesita ser política de largo aliento, con acuerdos nacionales, con participación de las comunidades, con metas reales y sostenidas.
La educación debe ser el centro. Porque todo lo demás la economía, la salud, la justicia, la cultura se sostiene o se derrumba según lo que hagamos hoy con nuestras aulas. Y es hora de asumirlo con valentía.
Desde la orilla política, la educación no da votos rápidos, no tiene efectos inmediatos. Pero desde la orilla humana, es lo único que puede cambiar de raíz las condiciones que perpetúan la exclusión, la pobreza, la violencia. Un país que no educa con justicia está condenado a repetir sus errores. Y en este tiempo de crisis global, de incertidumbre y cambio constante, necesitamos más que nunca formar seres humanos capaces de pensar, de dialogar, de crear.
Hay quienes todavía creen que invertir en educación es un gasto. Que los sueños de los jóvenes son una utopía lejana. Que los maestros son simples ejecutores de un currículo. A ellos hay que recordarles que las sociedades más estables, más equitativas y más felices del mundo tienen algo en común: valoran, cuidan y fortalecen su sistema educativo.
La pregunta es: ¿estamos dispuestos a hacer lo mismo? ¿A ver la educación no como un lujo, sino como la raíz de nuestra democracia? ¿A pagar la deuda pendiente con las generaciones que vienen?
Tal vez no haya respuesta más urgente que esa.




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