¿INDIFERENCIA O PROTESTA?
- Political Society

- 21 may 2025
- 4 Min. de lectura
Por: Michel Macana

Cada vez que se acercan unas elecciones, los medios vuelven con el mismo titular: “Los jóvenes no votan”; y con esto, las frases de siempre, se nos acusa de indiferencia, de apatía, de falta de conciencia ciudadana. Pero rara vez alguien se detiene a mirar más allá de los números, a preguntarse qué hay detrás de ese silencio electoral. ¿Y si no es indiferencia lo que sienten muchos jóvenes, sino una forma de protesta? ¿Si no votar también es decir algo? ¿Si la abstención juvenil es, en el fondo, una respuesta a una política que no los representa?
No puedo evitar preguntarme por qué tantos jóvenes decidimos no participar activamente en procesos políticos. ¿Realmente no nos importa lo que pase en nuestro país? ¿O simplemente hemos dejado de creer en las estructuras tradicionales que nos prometen cambio, pero reproducen lo mismo de siempre?
La respuesta no está en la indiferencia, sino en la decepción. Porque, en realidad, gran parte de la juventud sí creyó; en las elecciones presidenciales de 2022, miles de jóvenes se movilizaron, votaron con esperanza y apostaron por un cambio representado en la figura de Gustavo Petro. Por primera vez, sintieron que su voz podía marcar la diferencia, muchos vieron en su victoria una oportunidad histórica para transformar el país, para que por fin el poder escuchara a quienes nunca habían sido prioridad.
Pero hoy, ese entusiasmo se ha transformado en confusión y frustración. A medida que avanza el mandato, el discurso del cambio parece desgastarse frente a una realidad que no termina de responder a las expectativas. Las reformas estructurales, como la de salud, la pensional y la laboral, se han estancado entre el Congreso y la opinión pública. El gobierno vive en permanente tensión con los demás poderes del Estado, y la relación con los medios ha sido cada vez más confrontativa. A esto se suma un manejo político errático, marcado por renuncias ministeriales, peleas internas, falta de consensos y una desconexión cada vez mayor con los sectores sociales que lo respaldaron.
Para muchos jóvenes, el gobierno actual no está sabiendo materializar el cambio que prometió. Más allá de las buenas intenciones y de un discurso que aún resuena con fuerza en sectores populares, la gestión no ha logrado generar resultados visibles, ni liderazgos coherentes que sostengan el proyecto. La sensación es que el poder ha absorbido al cambio, en lugar de que el cambio transforme el poder.
Y entonces, llega el silencio. No uno vacío ni indiferente, sino un silencio cargado de memoria. Es una pausa consciente, una forma de protegerse, de no volver a entregarse con los ojos cerrados. La juventud no ha renunciado a la política, solo está aprendiendo a observar con más cuidado. No está dormida: está despierta, pero cansada. No ha dejado de amar a su país, pero ya no está dispuesta a seguir siendo esa fuerza a la que todos aplauden en campaña y olvidan en el poder.
Cuando los jóvenes se abstienen, no siempre lo hacen por desinterés. A veces lo hacen porque ninguna de las opciones los representa, porque votar “por el menos peor” no es una alternativa atractiva, sienten que su voto, por sí solo, no cambia estructuras profundas.
Política de percepciones, no de ideales
Actualmente, la política no se mueve solamente por ideologías, propuestas o trayectorias, sino por percepciones, imágenes y emociones. Es una realidad que incomoda, pero que debemos aceptar y analizar con seriedad. ¿Qué implica que los candidatos se piensen hoy como marcas? ¿Estamos ante una evolución estratégica o ante una pérdida del sentido profundo de lo político?
La política debería ser el espacio donde los sueños de la ciudadanía encuentren un camino posible. Sin embargo, en la realidad que vivimos como jóvenes, estudiantes y futuros profesionales, se percibe cada vez más lejana, ajena e incluso contaminada por dinámicas que priorizan intereses personales sobre el bien común. Desde la universidad, desde los pasillos donde debatimos con compañeros sobre el país que queremos construir, la sensación general es de desconfianza, desilusión y, sobre todo, cansancio.
En múltiples espacios académicos y sociales se nos etiqueta como una generación apática, desinteresada por la política. Pero no es cierto. Lo que existe es un profundo desencanto, alimentado por promesas rotas, escándalos de corrupción y una desconexión brutal entre quienes ocupan cargos de poder y quienes enfrentamos la precariedad del día a día.
Como estudiante de comunicación social, he aprendido que toda acción política desde un discurso hasta una campaña digital tiene impacto. Por eso, cuando veo cómo muchos políticos utilizan las redes para construir imágenes vacías, sin propuestas reales ni compromiso con las comunidades, me cuestiono sobre el papel que jugamos nosotros, los comunicadores, en todo este engranaje. ¿Estamos destinados a ser solo operadores de una maquinaria sin ética? ¿O tenemos la responsabilidad de proponer nuevas formas de comunicar lo público?
La comunicación política no debería limitarse a maquillar candidaturas o a inflar estadísticas. Nuestro reto como comunicadores es generar narrativas que acerquen a las personas a los procesos democráticos. Eso solo es posible cuando la política se humaniza, cuando deja de ser espectáculo y se convierte en una herramienta de transformación social.
En muchos casos, la política local y regional se mueve entre clientelismo, favores personales y alianzas de conveniencia. ¿Qué espacio queda entonces para el liderazgo joven, ético y transformador? ¿Cómo participar en un escenario donde la coherencia es vista como ingenuidad?
No podemos seguir siendo espectadores de una política que nos ignora. Es tiempo de dejar de subestimar el poder que tenemos como estudiantes organizados, como comunicadores en formación, como ciudadanos críticos. Necesitamos una política que escuche, que se nutra de las nuevas generaciones, que entienda el lenguaje de la esperanza y no se escude en la retórica vacía del “así ha sido siempre”.
Debemos exigir transparencia, participación real y coherencia. Pero también debemos prepararnos para asumir esos retos, no se trata solo de criticar a quienes están en el poder, sino de construir alternativas, todo esto empieza por educarnos políticamente, por involucrarnos en espacios de toma de decisiones, por proponer desde el conocimiento y la ética.
Desde nuestro lugar como jóvenes y estudiantes, creemos firmemente en la necesidad de recuperar el sentido profundo de la política: servir. Solo si la política se reconecta con la gente, con sus necesidades y sus sueños, podrá volver a ser una herramienta de transformación. La indiferencia ya no es una opción, aunque el camino esté lleno de obstáculos, es nuestra tarea como generación crítica insistir, persistir y resistir. Porque otra política sí es posible, y debe empezar por nosotros.




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