Inflación y salarios: una lucha que siempre perdemos
- Political Society

- 8 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Por Norleidy Sánchez

Hablar de inflación en Colombia es hablar de una realidad que golpea todos los días. No se necesita leer informes del DANE ni entender tecnicismos económicos para darse cuenta de que los precios suben sin freno: basta con ir a la tienda. Los huevos, el arroz, el aceite, las verduras y la carne, productos que forman parte de la canasta básica, parecen encarecerse cada semana. Lo que antes era una compra normal para cualquier familia, hoy parece un lujo. Y lo más irónico es que mientras eso ocurre, desde el Gobierno se insiste en que “todo está bajo control”. La pregunta es: ¿control para quién? Porque para el ciudadano de a pie no.
Todos los años ocurre lo mismo: en diciembre se discute y en enero se anuncia con gran celebración el aumento del salario mínimo. Lo presentan como un triunfo, como una manera de aliviar la situación de los trabajadores. Pero en realidad, ese aumento nunca compensa lo que realmente sube la vida. Lo que debería ser un respiro se convierte en un engaño, porque en cuestión de días la inflación ya devoró el incremento. Es una carrera desigual: el salario avanza a pasitos cortos, mientras el costo de vida corre con zancadas gigantes. Y todos sabemos quién pierde al final.
Lo más grave es que hemos empezado a normalizarlo. Nos acostumbramos a escuchar frases como “todo está caro” o “ya no alcanza para lo mismo”, como si fueran expresiones de la vida cotidiana. Y lo cierto es que esas frases esconden una realidad dolorosa: las familias deben endeudarse para completar el mercado, deben recortar gastos en salud o educación, y deben sacrificar su calidad de vida para poder sobrevivir. Hemos llegado a un punto en el que trabajar duro no garantiza estabilidad ni tranquilidad, y eso, más que un problema económico, es un problema de dignidad.
Mientras tanto, las medidas que se toman desde arriba casi siempre terminan cargándose sobre los mismos. Cuando la inflación se dispara, los bancos suben las tasas de interés como “solución”, pero eso significa que los créditos se encarecen, y las pequeñas deudas se convierten en deudas impagables. Otra vez, el peso lo cargan los ciudadanos comunes, mientras los grandes grupos económicos apenas sienten el impacto.
La desigualdad también se hace evidente en este tema. Para quienes tienen salarios altos o grandes propiedades, el aumento de los precios es un golpe menor. Pero para la mayoría de colombianos, un cartón de huevos a 18 mil pesos o un litro de aceite que se dispara puede marcar la diferencia entre comer bien o aguantarse. La inflación, entonces, no solo es un fenómeno económico: es un espejo de la desigualdad que atraviesa el país y que parece nunca acabar.
Lo indignante es que el sistema parece diseñado para que el trabajador siempre pierda. Cuando los precios suben, los más afectados son los de abajo, los que menos tienen, los que viven del salario mínimo o de un ingreso inestable. Pero cuando la economía reporta “ganancias extraordinarias” o cuando ciertos sectores se benefician de alzas en el dólar o en las exportaciones, esas utilidades nunca se reparten con justicia. Es como si existieran dos economías en Colombia: una que celebra el crecimiento y otra que sobrevive con las sobras.
Este es uno de los problemas más graves que tenemos como país. No basta con subir el salario mínimo cada año, ni con anunciar medidas de “estabilización” que nunca llegan al bolsillo. Se necesita un modelo económico diferente, que ponga en el centro a las personas y no solo a las cifras. Se necesita garantizar que lo que se gana alcance para vivir con tranquilidad, no solo para sobrevivir con deudas y sacrificios. Porque trabajar toda una vida y seguir corriendo detrás de los precios no es progreso, es una injusticia que repetimos año tras año.
La inflación, en últimas, no debería ser vista como un simple indicador económico. Es un reflejo de cómo funciona nuestro país, de a quién beneficia y a quién perjudica el sistema. Y mientras no haya un cambio de fondo, los colombianos seguiremos atrapados en esta carrera desigual, donde siempre ganan los mismos y siempre perdemos nosotros, los que solo sobrevivimos.







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