Entre goles y olvidos: la cultura deportiva que no practicamos
- Political Society

- 16 abr 2025
- 4 Min. de lectura
Por: Michel Macana

Cuando escuchamos el término “cultura deportiva”, es normal que pensemos únicamente en partidos de fútbol, eventos televisados o en las figuras reconocidas del deporte profesional. Sin embargo, la cultura deportiva es, en realidad, un reflejo profundo de lo que somos como sociedad, puesto que revela nuestros valores, nuestra educación y lo que priorizamos colectivamente.
Como estudiante de noveno semestre de Comunicación Social, he podido observar que el deporte no solo se juega, también se comunica, se siente y se transforma. No podemos seguir creyendo que apoyar el deporte consiste únicamente en ver partidos por televisión o celebrar cuando nuestra selección gana. Es hora de comprender que la cultura deportiva tiene un papel fundamental en la construcción social, y que su abandono no es solo una falla institucional, sino una señal preocupante de nuestras prioridades como comunidad.
Una cultura deportiva saludable comienza con la educación. Y no hago énfasis solamente de la educación física, sino de una formación integral que promueva valores como la convivencia, el respeto, la empatía y la responsabilidad. Sin embargo, durante años, el sistema educativo ha minimizado la importancia del deporte. Las clases de educación física, en muchos casos, se han reducido a un par de horas a la semana y son vistas más como un espacio de recreación que como una herramienta formativa.
El deporte enseña lo que muchas veces no cabe en un aula tradicional: el valor del trabajo en equipo, la capacidad de asumir derrotas con dignidad, la importancia de construir metas colectivas y de valorar el esfuerzo individual al servicio de una causa común, son aprendizajes esenciales para la vida en sociedad.
Estudios realizados por organizaciones como la UNESCO y la OMS han demostrado que los niños y jóvenes que practican deporte de manera constante desarrollan mejores habilidades sociales, académicas, emocionales y disciplinarias. Entonces, ¿por qué seguimos tratándolo como un accesorio educativo, y no como un pilar fundamental del desarrollo humano?
La cultura deportiva, cuando se cultiva desde la infancia, nos enseña a perder con humildad, a ganar con respeto y a convivir con quienes piensan, sienten o compiten de forma distinta. Estos valores deberían ser la base de cualquier sociedad que aspire a la justicia y la equidad, porque una verdadera cultura deportiva no nace de la improvisación, sino que se construye con intención, se educa con compromiso y se vive todos los días.
Barreras invisibles: el acceso desigual al deporte
Uno de los grandes obstáculos para fortalecer la cultura deportiva en Colombia es el acceso limitado a escenarios deportivos. En zonas rurales las canchas están deterioradas o simplemente no existen; los implementos son escasos y los entrenadores cualificados. En estos contextos, el deporte deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio al alcance de pocos.
Además, la cobertura mediática sigue siendo desigual. El fútbol masculino profesional acapara la atención, mientras que otros deportes, y especialmente los practicados por mujeres, apenas tienen espacio. Esta desigualdad no solo afecta a los deportistas, sino que limita la diversidad de referentes que puede tener una niña o niño cuando sueña con ser atleta.
Esta brecha no solo impide el desarrollo del talento, sino que también excluye a miles de personas de los beneficios físicos, emocionales y sociales que el deporte puede brindar. Si queremos hablar de cultura deportiva con seriedad, debemos empezar por garantizar que todos los seres humanos tengan las mismas oportunidades para vivirla, sin importar su lugar de origen, sexo, o condición económica.
Una verdadera cultura deportiva no puede desligarse del bienestar físico y emocional. Practicar deporte regularmente ayuda a prevenir enfermedades como la diabetes, la hipertensión y la depresión, pero también construye lazos sociales, generando pertenencia y cohesión comunitaria. Las ligas barriales, las carreras populares y los campeonatos escolares son ejemplos de cómo el deporte educa, pero a la vez une y motiva.
Como comunicadora, me siento con la responsabilidad de visibilizar estos espacios, de contar las historias de quienes desde el anonimato están cambiando realidades a través del deporte. No basta con cubrir un mundial o una olimpiada; también se debe mirar lo que sucede en los barrios, en las veredas, en las pequeñas escuelas deportivas que día a día resisten sin apoyo estatal. No podemos seguir dándole la espalda al deporte y esperar resultados distintos.
La cultura deportiva no se construye solo con infraestructura, sino con voluntad, decisiones conscientes y un compromiso real desde lo público y lo privado. Dejar de verla como un lujo o un simple entretenimiento es el primer paso para entender su verdadero valor: el deporte es salud, es educación, es construcción de tejido social. Más allá de la práctica física, hablar de cultura deportiva es hablar de una forma de vida, de cómo nos relacionamos con el otro, de cómo resolvemos conflictos, de cómo entendemos el esfuerzo y el mérito de cada persona.
Es asumir que el deporte tiene un poder simbólico capaz de transformar realidades, formar ciudadanía y tejer comunidad. Desde la comunicación, tenemos la responsabilidad y la oportunidad de cambiar las narrativas, de ampliar las miradas, de exigir a quienes toman decisiones y de amplificar las voces de quienes han sido ignorados durante mucho tiempo. El día que comprendamos que una cancha puede transformar más que mil discursos, tal vez empecemos, de verdad, a jugar el partido que más importa: el de construir una sociedad más justa, solidaria y consciente.




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