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El peso de una herencia: Ocaña entre el honor y el olvido

Por Vladimir Suarez


Ocaña se mira al espejo y solo ve el reflejo de un ayer que no termina de irse. Un municipio que fue cuna de ideas, de convenciones históricas, de letras que moldearon la República, hoy parece condenado a repetir su propio guion: el de un conservadurismo que se hereda como los ojos claros o el apellido ilustre. No es casualidad que acá haya nacido José Eusebio Caro, uno de los patriarcas del Partido Conservador, ni que entre estas calles empedradas y casas solariegas aún respire el eco de dogmas que no ceden.


Pero este eco tiene un precio: el silencio de los que intentaron cantar en un pueblo afónico, los versos que se pudrieron en bocas cerradas por el miedo y la jerarquía, y que murieron ahogados por el peso de la “tradición”. Somos tierra de tejedores de palma que nunca portaron su propia corona, de santeros que esculpieron santos ajenos mientras el suyo se quedó sin altar. Aquí la herencia no es solo un legado, es una piedra. Una piedra que carga clasismos disfrazados de costumbres, de rezagos coloniales que todavía susurran que el valor de una persona reside en su apellido, en su “casta”, en su “nobleza”.


Justo ahí, en el himno de Ocaña, encontramos la paradoja perfecta: “Somos casta, nobleza y honor”. Una frase que debería evocar orgullo, pero que en boca de una sociedad estancada suena a ironía profunda. ¿De qué casta hablamos? ¿De la que impuso jerarquías desde la Colonia? ¿De la que dividió entre hijos legítimos y bastardos, entre los que tenían derecho a ser vistos y los condenados a la invisibilidad? ¿De la casta que desfila con caballos maltratados y botellas de licor en las calles como acto de tradición?

Esta “nobleza” que cantamos no es más que el disfraz de un sistema que aún mira con desdén a quien no lleva en la sangre el linaje de conquistadores y terratenientes. Es el mismo sistema que nos ha hecho perder de vista nuestras colinas fértiles, nuestros ríos de caudal lleno, para seguir contemplando el mismo cerro seco de siempre. Tenemos astigmatismo sociocultural: miramos sin ver, oímos sin escuchar. Preferimos la comodidad de lo conocido antes que el vértigo de la inmensidad.


Mientras tanto, la cultura que adoptamos no es la que nace de la tierra, del pueblo, de la creatividad viva, sino la que se impuso desde arriba: una cultura de apariencias, de salones cerrados, de puertas que se abren solo para unos pocos. ¿Dónde está la verdadera cultura? Enterrada bajo capas de discursos vacíos, bajo el miedo a que el lenguaje de los “locos” —los que piensan diferente, sea mañana el de los cuerdos.

Ocaña no necesita más blasones de pergamino. Necesita las manos rebeldes que desaten los nudos del fique que nos ata al mismo cerro estéril. Necesita bordar una nueva dignidad, no para santos de procesión, sino para los hijos que aún apuestan por mañanas distintos. Basta de buscar la grandeza en los óleos amarillos de la Convención; es hora de sembrar árboles de cocotas en las grietas de las losas y dejar que la sombra dulce de sus ramas cubra el eco amargo de los discursos que se niegan a morir. Ocaña necesita dejar de glorificar un honor que, en realidad, ha servido para silenciar.


La verdadera nobleza no está en la sangre, sino en la capacidad de cambiar, de crecer, de darle voz a quienes siempre fueron callados. Si no somos capaces de eso, seguiremos siendo solo la sombra vaga

 
 
 

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