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El espejismo del crecimiento

Por: Johan Niño


En Colombia, los titulares suelen anunciar con entusiasmo que “la economía creció”. Que el PIB subió un 1,1% este trimestre, que el desempleo bajó levemente, que la inflación se estabiliza. Sin embargo, entre el aplauso institucional y los reportes del DANE, hay una pregunta que rara vez se formula: ¿a quién beneficia ese crecimiento? ¿A cuántos colombianos realmente les mejora la vida cuando los indicadores sonríen?


Hay una peligrosa costumbre en nuestra narrativa económica: confundir crecimiento con bienestar. Una economía puede expandirse y, al mismo tiempo, profundizar sus desigualdades. Puede atraer inversión extranjera mientras miles de jóvenes altamente calificados empacan maletas rumbo a otros países. Puede tener cifras positivas en Bogotá mientras el Pacífico y la Guajira siguen en penumbra. El espejismo del crecimiento radica justamente en esa trampa: dar por hecho que más es mejor, sin preguntarse para quién es más y qué significa mejor.


Durante años, se ha privilegiado un modelo económico basado en la exportación de materias primas, bajos salarios, incentivos tributarios para grandes empresas y una alta informalidad tolerada como mal necesario. Este enfoque ha sido eficaz para ciertos sectores: la minería, la agroindustria a gran escala, el capital financiero. Pero también ha generado una desconexión creciente entre los números macro y la realidad cotidiana.


Mientras el Banco de la República celebra una inflación controlada al 7,2%, en los mercados populares las familias siguen ajustando sus compras al peso. Comer carne o pescado es, para muchos, un lujo ocasional. En las regiones, la escasez de empleo digno sigue siendo el pan de cada día, aunque las gráficas del Gobierno digan otra cosa.


Esto no es solo un problema de percepción. Es un problema de prioridades. Si el crecimiento económico no se traduce en mejor salud, educación, transporte público, acceso a tecnología o garantías laborales, entonces es simplemente una estadística que tranquiliza a los mercados pero no transforma al país.


Más aún: Colombia tiene una de las tasas de desigualdad más altas de América Latina. Según el Banco Mundial, el 10% más rico del país concentra más del 40% del ingreso nacional. Eso significa que, cuando la economía crece, crece principalmente para ellos. Es un pastel que se agranda, sí, pero cuyas porciones siguen repartidas con la misma inequidad de siempre. Lo que necesitamos no es solo crecer, sino redistribuir. Pero esa palabra —redistribución— aún causa escozor en ciertos sectores económicos y políticos que la asocian con populismo, cuando en realidad es una condición básica para la cohesión social.


Las reformas que apuntan en esa dirección suelen enfrentarse a una resistencia feroz. La reforma laboral propuesta por el Gobierno actual, por ejemplo, ha sido desfigurada en el Congreso bajo la presión de gremios empresariales que aún ven el trabajo digno como una amenaza a la competitividad. Mientras tanto, millones de trabajadores informales, repartidores en bicicleta, vendedores ambulantes, madres cabeza de hogar sin contrato ni prestaciones, siguen esperando que la economía también piense en ellos.


La otra gran promesa ha sido la economía digital. Pero aquí también hay una brecha profunda. La conectividad en muchas zonas rurales sigue siendo precaria. Las habilidades digitales no se aprenden por arte de magia. Y aunque las startups y el emprendimiento tecnológico son una fuente real de dinamismo, no pueden convertirse en la excusa para dejar de invertir en sectores tradicionales como la agricultura campesina, la manufactura o el turismo sostenible.


Entonces, ¿qué alternativa hay? Pensar en una economía más humana. Una economía que entienda que el fin último no es acumular cifras favorables para los inversionistas, sino garantizar vidas más dignas para la mayoría. Una economía que vea el gasto social no como despilfarro, sino como inversión en cohesión. Que entienda que el bienestar de los más vulnerables no es un obstáculo para el desarrollo, sino su precondición.


Esto no es ingenuidad. Es una apuesta política y ética. Porque seguir midiendo el éxito del país solo con base en el PIB es como calificar la salud de una persona solo por su peso corporal. Puede estar aumentando... pero también puede estar enferma.


La pregunta que debemos hacernos no es cuánto crecemos, sino cómo, para quién y a costa de qué. Solo así dejaremos de perseguir espejismos y empezaremos a construir una economía que no solo se expanda, sino que incluya.

 
 
 

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