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El crimen de una promesa de vida, que enluta a toda una sociedad

Actualizado: 2 dic 2024

Por: Francisco Antonio Coronel Julio

Con mi saludo a la directora de este espacio informativo universitario, deseándole éxito en tan importante gestión y a su vez agradeciendo la oportunidad ofrecida para expresarme por este medio, sobre diferentes tópicos concernientes a mi razón existencial en interacción con la sociedad a la que pertenezco.




El 8 de noviembre de este agonizante 2024, súbitamente fuimos sorprendidos por la noticia que como el agua en turbulencia, anegó y recorrió todos los medios y redes de comunicación (prensa, radio y televisión), del orden local como nacional.


Ante aquella información, un extraño escalofrío de asombro y pánico recorrió nuestras existencias, en algunos, desde luego los más cercanos a la víctima, ese sentimiento se tornó en un grito desgarrador que aún hoy, retumba en todos los espacios, sitios, lugares o territorios en los que en vida hiciera presencia JULIAN ANDRÉS QUINTERO CONTRERAS, quien un 1 de diciembre de 1981, fuera recibido a la vida, con toda la gloria, los honores, la felicidad y contento de sus padres y parientes cercanos, pero que infortunadamente y por acción de unos violentos, esa alegría, 43 años después, se convertiría en luto, horror, desolación y desesperanza, generada en un paraje de la ruta entre Ocaña y Cúcuta (sector perteneciente al municipio de Sardinata en Norte de Santander), en la que criminales para desgracia de todos, se le atravesaron al vehículo en que se movilizaba junto a su esposa e hija, y a lo mejor por reacción de aquel, ante posible atraco y en una maniobra por esquivar a los asaltantes, estos sentenciaron su muerte.


Tan violento y repudiable crimen, perpetrado por esa escoria o basura humana reflejada en esos sujetos, ponía fin a una vida, cuando transitaba por su mejor momento de productividad existencial, con el goce y luminosidad de hacerlo al servicio de su gente, de nuestra sociedad ocañera y su entorno, la que por mucho tiempo sufrirá, llorará y mantendrá su duelo por tan irreparable pérdida, a causa de aquellos miserables que hacen de la vida una mercancía.


JULÍAN ANDRÉS, nacido en una familia formada por los más altos valores y principios, basados en la doctrina cristiana y amamantados de ellos, emprendió su fructífero camino en su formación académica, inclinándose por algo que muy joven movió su razón de ser, la medicina, propósito que hizo realidad, graduándose como tal en la Universidad del Rosario de la capital de la República, de donde igual obtuvo su posgrado como médico vascular. Él, en su empeño de devolverle a la tierra que le sirvió de cuna y en compensación por las bendiciones recibidas en esta Ocaña, decidió rechazar ofertas laborales en importantes centros asistenciales de varias capitales del país, entre ellas Bogotá, incluso con mejores ingresos y estatus a su nivel profesional, para venirse a servir a los suyos con la bata puesta en la E.S.E.


Emiro Quintero Cañizares, centro asistencial cuyo talento humano le abrazó, dimensionando en su primer contacto con él, su fuerza, calidad humana, entrega y esa férrea voluntad de servir con denuedo a las gentes de su territorio, por las que se juramentó como médico y especialista, matrimonio que desde sus primeras citas y contactos consumó en su ejercicio profesional.


Administrativos, cuerpo médico, compañeros de trabajo, pacientes de nuestro hospital y paisanos en general, quienes tuvimos el goce y honor de contar con su abnegada y excelsa atención, lloraron y aun hoy, lloramos su inesperada partida a la eternidad; expresión, que el 11 de noviembre de este mismo año, se convirtió en multitud la que silenciosa y cabizbaja (dentro de la que estuve), caminamos al lado de su féretro, el que sus amigos como bálsamo en búsqueda de respuesta a su convulsionado estado y en señal de postrer adiós a la eternidad de su parce muerto, decidieron cargarlo desde su sitio de velación en el barrio El Tamaco, hasta la Catedral de Santa Ana, donde esperaba una inmensa muchedumbre, incluso mucho mayor a la que marchó al lado de sus despojos mortales, al punto que el espacio de nuestra inmensa catedral se volvió pequeña para recibir a tanta gente, que entre el blanco y el negro nos refundimos en las expresiones de: Ira, rabia, duelo y rechazo.


No cabe en nuestras mentes, que un ser de la valía y magnitud de aquel jovial, transparente, jocoso y servicial médico, quien llegara con su calidez, capacidad y entrega, en dedicación plena para lograr un mejor vivir de sus congéneres a través de su altruista y humana profesión, terminara su apuesta por nosotros de tal manera. EL CRIMEN DE TAN VALIOSA PROMESA DE VIDA Y DE SERVICIO, NO SOLO ENLUTA A LA SOCIEDAD OCAÑERA, SINO QUE LLORARÁ POR SIEMPRE SU AUSENCIA.

 
 
 

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