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El Catatumbo que se nos está olvidando

Por Juan Diego Gallardo


Durante décadas, hablar del Catatumbo ha sido sinónimo de mirar hacia el conflicto. Esa mirada reducida, alimentada por titulares que se repiten sin contexto, ha terminado por esconder la esencia más genuina de la región: su cultura. Porque aquí, en esta tierra donde convergen montañas, caminos históricos y pueblos que resisten al tiempo, la cultura no es un adorno ni un recurso para ferias; es la manera en que se entiende la vida, la memoria y la esperanza. Y es precisamente desde esa riqueza cultural, y no desde la reducción mediática, es desde donde deberíamos construir un nuevo relato para la región. Cuando hablamos del Catatumbo es comentar y mostrar una región donde sus costumbres, aprendizajes y vida cotidiana, se sostienen y se fundamentan en la cultura; donde su identidad principal no se logra o se aprende desde las páginas de un libro, sino que se construye a través del paso de los años, de lo que se hereda en casa, de las cenizas que dejan los fogones de leña, del gusto que deja al morder el crocante pellejo de la arepa, del sinfín de colores y sabores que acompañan nuestro paladar en cada plato, de convivir con la cortesía que tienen esos pueblos donde se saluda aún por nombre, de la humildad y el esfuerzo que acompaña al campesino desde sus labores en las madrugadas. Aunque los años han traído consigo el ruido y mormullo del miedo, calificando el Catatumbo como solo una región de conflicto. Sin embargo, mientras desde afuera se construyen narrativas de estigmatización, los pobladores de la región continúan con firmeza en la cotidianidad de sus labores y celebrando cada costumbre o festividad que resalta una identidad que hace parte del patrimonio cultural.


Pensar en que, si existe algo que caracterice a esta región, se debe pensar en la fuerza de su gente. Cuando nos referimos a los pobladores de esta zona como gente trabajadora, no se hace en forma de elogio sin un significado o vacío, porque es una verdad que se respira antes de que el sol ilumine las mañanas. En sus municipios como, Hacarí, Convención, El Tarra, San Calixto y demás, las jornadas de trabajo son extensas, nuestros campesinos inician sus jornadas antes del amanecer y a la par con el canto del gallo, para sembrar y cosechar los cultivos que sostiene y aportar al crecimiento de sus familias y una región, además de llevar los alimentos a las mesas de muchos. En tierras ocañeras, existen esos comercios madrugadores y emprendedores que hacen parte de un tejido productivo que no se detiene y forma una cadena de crecimiento. Es esta esa cultura del trabajo que se ha trasmitido de generación en generación, convirtiéndose en el patrimonio intangible de muchos para aportar en el sostenimiento y desarrollo de la región, incluso cuando las circunstancia han sido adversas, pero teniendo esta realidad como base solida de crecimiento.  


En el Catatumbo, la fe y la devoción religiosa existen y ocupan un lugar profundo en el pensamiento y comportamiento de las personas, algo que trasciende de solo lo espiritual. En distintas localidades o municipio, hay celebraciones patronales que congregan barrios enteros con las procesiones que cada año recorren sus calles y caminos empedrados que reflejan historia e identidad compartida. Son escenarios que no deben ser visto solo como simples espacios religiosos o tradicionales, sino como los momentos de cohesión social con una misma intención y compromiso con la convivencia ciudadana e identidad propia, permitiendo mantener la unión, orden y esperanza en un territorio en tiempos difíciles. Más que un ritual y una costumbre, debe ser visto como un lenguaje que expresa principios de solidaridad y respeto, momentos que tejen un sentido de pertenencia. Esto se convierte en ese patrimonio vivo que marca los ritmos del año y que ha dejado huellas visibles en cada municipio del Catatumbo: en sus templos centenarios, en las fiestas que repletan las plazas, en la fe que se vuelve guía, compañía y, muchas veces, impulso para seguir trabajando por el territorio.


A pesar de esta realidad que esta basada en formas de construir y avanzar en sociedad, muchas regiones del país siguen conociendo al Catatumbo como una imagen incompleta, basándola o construyéndola bajo el imaginario individual que pueden dejar las narrativas enfrascadas en las dificultades o desafíos que enfrenta un territorio. Es aquí donde palabras como: columnas de opinión, crónicas, periodismo, narrativas urbanas; cumplirán un papel decisivo e importante en la mejora y percepción de los pueblos. Acá, es donde inicia una crítica hacia la falta de apropiación con nuestra identidad, donde medios locales e incluso personas dedicadas a la actividad periodista, no cuentan al Catatumbo desde su cultura, siento esta una forma de resistencia, para devolverle la dignidad al territorio profundamente humano, injustamente estigmatizado y lleno de oportunidades.


¿Para qué actuar de esta manera?


Cada municipio presenta una identidad propia y genera atracción e interés, haciendo un llamado a varios escenarios de desarrollo a nivel social y económico. Territorios en los cuales se presentan oportunidades de construcción y avance, pero que, no existe la posibilidad de poder mejorar o potencializar la actividad que se da en cierto lugar, por ejemplo, nuestro sector agrícola siendo una de las principales actividades que realiza la población y que necesita una visión firme y consolidada para fortalecerla a través de acciones concretas y directas con estos sectores, como también, la inversión o interés que pueden demostrar terceros a nivel nacional.

Asimismo, la tierra del trueno tiene un potencial turístico que, podría ser un eje de desarrollo importante de la región. Se debe construir un pensamiento colectivo, donde se vea con relevancia la necesidad de crear historias que generen experiencias culturales, naturales y sociales, donde se conozcan las dinámicas locales y que sean las encargadas de crear una narrativa urbana fundamentada en la realidad y autenticidad del contexto regional, realidad de los escenarios de desarrollo o actividades económicas, de una infraestructura histórica y cultural, de espacios naturales que ofrecen paisajes únicos y sin artificio, una gastronomía amplia que une la tradición y memoria de los pueblos y ancestros; acciones bien orientadas que llegarán a diferentes puntos o regiones del país.


Por eso, es un gusto escribir hoy y demostrarles a ustedes que, escribir sobre cultura en el Catatumbo va más allá que demostrar costumbres, es extenderles la invitación a que tengamos una forma de mirar nuestro entorno de manera distinta, trabajar a través de narrativas para el abandono de estereotipos, reconocer que detrás de cada montaña y después de una frontera hay una historia y detrás de esta, una identidad que merece ser reconocida. Debemos apostarle al futuro de nuestra región. Un futuro donde la cultura vista en sentido de costumbre basada en los buenos comportamientos y prácticas que aporten a la creación de oportunidades.


Estos territorios necesitan de una narración a través de la palabra bien usada y fundada en la justicia, en el respeto y con la profundidad que su gente merece, siendo los puentes para transformar percepciones. Considero que es esta una de las tareas y responsabilidades que tenemos como sus habitantes ¡Somos quienes trabajamos y escribimos por y sobre esta tierra!

 
 
 

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