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Cuál es el menos malo, el dilema de Colombia hoy en día

Por Isabella Jiménez


En un país donde las elecciones deberían despertar esperanza, lo que predomina es la resignación. Colombia se acerca a una nueva temporada electoral marcada por la desconfianza y la apatía. Los votantes no buscan al mejor candidato, sino al “menos malo”, reflejo de una democracia cansada y fragmentada. Entre discursos repetidos, promesas incumplidas y figuras que parecen más interesadas en polarizar que en proponer, muchos jóvenes sentimos que no tenemos por quién votar. Esta columna es una reflexión sobre esa crisis de representación que nos agobia, sobre los candidatos que se aprovechan del desencanto y sobre la urgente necesidad de romper con las viejas costumbres políticas que nos mantienen en el mismo círculo: vender el voto barato y pagar caro las consecuencias.


Cuál es el menos malo, el dilema de Colombia hoy en día


Se acerca la temporada electoral y en lugar de sentir entusiasmo, me invade una mezcla de miedo y desconfianza. Soy estudiante de Comunicación Social, pertenezco a esa generación que debería estar llena de esperanza por el futuro político del país, pero la verdad es que no sé por quién votar. No lo digo con orgullo, lo digo con frustración.


En las calles, en los buses, en las conversaciones después de comer, se repite la misma frase “toca escoger al menos malo”. Es como si nuestra democracia se hubiera reducido a un sorteo de decepciones. La izquierda, que antes prometió un cambio histórico, hoy genera desilusión en muchos jóvenes que se sintieron traicionados por promesas que no se cumplieron. La derecha, con su discurso sobre “orden y seguridad”, parece ofrecer lo mismo de siempre, aferrados a un pasado que ya conocemos. También el centro, con sus caras académicas y discursos diplomáticos que no logran emocionar, ni formar una opción fuerte.


Los nombres que hoy suenan reflejan esta crisis de confianza. Abelardo De La Espriella, más conocido como abogado mediático que como político, acomoda su opinión dependiendo de lo que le beneficie en la campaña. Un día apoya una idea y al día siguiente parece más tranquilo y conservador, por eso es complicado considerarlo una opción confiable. Vicky Dávila, que ahora es candidata después de años haciendo periodismo agresivo, prefiere aprovecharse de las malas situaciones de otros y avivar el rencor contra el gobierno, en lugar de dar ideas concretas. Sergio Fajardo quiere seguir pareciendo el hombre honesto y de centro; sin embargo, su forma de hablar no logra entusiasmar a un país que está harto de la falta de decisión. También Gustavo Bolívar, aunque busca ser visto como el sucesor de las ideas progresistas, tiene el problema de que viene de un gobierno que defraudó a mucha gente, sumado a su estilo confrontativo que divide más de lo que une. Iván Cepeda, por su parte, mantiene un discurso que apela a la memoria y la justicia social, pero su visión parece anclada en el pasado y centrada en la confrontación con sus adversarios más que en ofrecer soluciones nuevas. Aunque tiene coherencia ideológica, no logra conectar con quienes buscan un liderazgo más pragmático y menos ideologizado..


Las encuestas muestran esa división; ninguna opción para presidencia logra avanzar y cada encuesta es como un retrato de lo confundido que está el país. Los ciudadanos se sienten atrapados entre personas que no les gustan y planes que no terminan de funcionar. Ese es problema de nuestra situación política, no es que no haya candidatos, sino que hay demasiadas dudas y decepciones por tantos años de lo mismo. La gente que vota está dividida, a nadie le importa mucho y parece que ya no sienten nada. Lo que debería ser una ilusión democracia se transforma en un acto de resignación, ese es el verdadero cáncer de la democracia en Colombia, en el que la mayoría vota por miedo a que gane el otro que por convicción propia. En lugar de hablar de ideas para mejorar el país, la gente habla de qué les conviene, de quién es el menos malo o de qué beneficios obtendrán. Por eso, la democracia se convierte en un trato para sobrevivir en política en vez de ser un acuerdo para tener esperanza entre todos.


Pero si algo debemos aprender, es que no podemos continuar decidiendo sin pensar bien las cosas. No es cuestión de cambiar el voto por un tamal o por 50 mil pesos que se esfuman en un día, para luego protestar por cuatro años por un gobierno malo. Es necesario investigar más, leer lo que ofrecen los candidatos, cuestionar y reclamar. Colombia no puede seguir siendo un país que da su futuro a cambio de una limosna. Tenemos la obligación como ciudadanos de enterarnos de todo y de dejar atrás esas costumbres antiguas que nos han perjudicado mucho. Únicamente de esta manera podremos esperar que, en algún momento, votar deje de ser elegir al menos malo y se transforme en una acción llena de esperanza. 

 

 

 


 
 
 

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