Cuando los precios suben, ¿quién detiene el bolsillo?
- Political Society

- 11 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Por Yuritza Paola Quintero

Mientras los precios escalan y el salario se queda atrás, el “normal” para muchos colombianos ya es pagar más y recibir menos. Si vivimos con esa lógica, algo nos está fallando.
La inflación anual en Colombia alcanzó 4,82 % en junio de 2025, rompiendo por fin la barrera del 5 % tras meses de presión continua sobre el bolsillo de los hogares. En abril, ese indicador ya había sido de 5,16 %.
La reducción de la inflación parece una buena noticia… si el salario mínimo, los ingresos medios y los precios regulados también estuvieran en curso descendente. Pero no es así.
Porque, si bien la cifra global baja, los costos de vida concretos que enfrenta un ciudadano promedio siguen volando. Por ejemplo, en abril de 2025 la división “Alimentos y bebidas no alcohólicas” registró una variación mensual de 1,10 %, y en ese mismo mes “Alojamiento, agua, electricidad, gas y otros combustibles” creció 0,74 %.
Es decir, aunque el índice general disminuya, al ir al mercado o pagar la factura de servicios públicos se nota el golpe.
Y no es un asunto de cifras abstractas: para una familia que ya ajustaba gastos, esta inflación “moderada” significa reducir la porción de proteína, posponer la reparación de la lavadora o renunciar a una salida al cine. Porque los precios suben cada mes, pero el salario no lo hace al mismo ritmo.
El problema, y aquí es donde la crítica se hace urgente, es que las políticas económicas siguen mirando la inflación como un número global, como si bajar del 7 % al 4,8 % ya fuera suficiente victoria. Cuando, para muchos colombianos, la verdadera victoria es que el sueldo alcance para alimentos + transporte + servicios, y eso sigue siendo cuesta arriba.
¿Y quién lo está sufriendo más? Las clases medias bajas y los trabajadores formales que no pueden trasladar los aumentos al precio de su fuerza laboral. También los jóvenes profesionales que entran al mercado con contratos inestables y ven cómo la inflación reduce su poder adquisitivo incluso antes de “empezar”. Y no olvidemos el campo: otro actor que paga alto, con productos que se venden al mismo precio de siempre, mientras los insumos suben.
Por eso, esta cifra del 4,82 % no puede convertirse en consuelo institucional. Debe ser una llamada de alerta, porque lo que se ve también es que las expectativas de inflación para finales de año aún oscilan en torno al 4,6 %–5 %.
Y mientras tanto, los alimentos con mayor peso siguen tirando para arriba.
No bastan índices pasados de moda ni discursos optimistas: mientras los servicios y la comida queden fuera de control, y mientras el salario mínimo siga siendo símbolo de supervivencia, la inflación seguirá siendo una condena silenciosa. Si la economía para “el pueblo” significa poder vivir, no sufre por ver porcentajes, sino porque al fin de mes no cierra la cuenta. La política debe cambiar, no para celebrar que la inflación ya está bajo el 5 %, sino para que ese 4,82 % se traduzca en menos peso en el mercado, más vida digna y menos angustia al mirar el recibo del agua.







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