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Colombia desahuciada ante la desigualdad social




Por Elver Galván Contreras


Las brechas sociales en Colombia no son una novedad ni un gran secreto del cual no se tenga conciencia; es sin duda una herida abierta que se hace cada día más visible ante la apatía y el desinterés de la crema y nata de la sociedad colombiana, entre ellos el mismo estado, que aunque este último ha implementado estrategias contra este problema parece no dar con la cura, y cada vez se nota más que nuestra nación se desahucia ante tal enfermedad.


Nuestro tejido social ha sufrido esta enfermedad desde hace siglos y pese a los discursos

optimistas que muchas veces los medios de comunicación y las clases altas muestran a los

ciudadanos, es inevitable notar que la problemática va más allá de unas simples palabras bonitas

con respecto a la mejora de la economía, pues aunque dicen una cosa la realidad es otra.

Para nadie es un secreto que Colombia es considerada por naciones extranjeras como uno de los

países más desiguales del mundo con un índice de GINI que ronda el 0.523. La brecha entre ricos y pobres no solo se hace notoria, sino que también se ha normalizado como parte de nuestro entorno social, como se dice el que tiene que goze y el que no que DIOS lo ayude.


En un país donde el 10% de los más adinerados concentra el 40% de los ingresos y el 10% más

pobre sobrevive con apenas el 1% se evidencia que la meritocracia es más un mito que una

realidad, pues es evidente que en una sociedad con un alto índice de corrupción solo aplica la

dedocracia como método de pago a favores políticos.


La falta de oportunidades están claramente ligada a la educación la salud y el empleo formal, pues mientras unos envían sus hijos a escuelas, colegios y universidades privadas incluso fuera del

país, para otros la realidad es otra, pues en muchos casos no llegan ni a terminar su educación

básica, y en el peor de los casos algunos ni siquiera llegan a conocer un aula de clase,

aumentando así la analfabetización y la poca preparación educativa que muchos colombianos

sufren, y ni hablar de la salud, pues mientras unos reciben atenciones médicas en hospitales y

clínicas de alto prestigio, a otros les toca madrugar hacer fila por un acetaminofén y un ibuprofeno, pareciese que fueran pastas mágicas pues para todo mal sirven; y ni hablar de la asignación de citas para cirugías o algo más complejo, pues en muchos casos llega primero la muerte que dicha autorización médica.


Mientras en ciudades como Bogotá, Medellín muchos jóvenes tienen acceso a universidades

reconocidas y a ofertas laborales dinámicas; cosa que en muchas otras regiones del país como el

Chocó, la Guajira no se presentan, la educación secundaria ni siquiera garantiza necesidades

básicas, fomentando así la informalidad laboral de forma alarmante.


El problema no solo se limita al ingreso; la desigualdad territorial, étnica y de género exacerba

esta crisis. Las comunidades afrodescendientes e indígenas enfrentan tasas de pobreza que

duplican el promedio nacional, especialmente en zonas rurales, ¿Cómo podríamos hablar de

progreso cuando hay colombianos que aún no tienen acceso a agua potable o electricidad en

pleno siglo XXI?


La falta de oportunidades solo alimenta la alta tasa de criminalidad, los desplazamientos y los

siglos de violencia que han marcado nuestra historia. Factores como la polarización dentro del territorio también han contribuido a la desigualdad social, pues al parecer no hemos aprendido de nuestra historia y vivimos recordando tiempos como los época de la violencia en la que el simple hecho de pensar diferente ya te hacía enemigo, el liberalismo y las retóricas conservadoras y el populismo lejos de construir tejido social han causado

división entre los pueblos hermanos, mientras unos pelean por la preferencia de un partido político

o una ideología diferente, los burócratas se dan la gran vida en sus grandes propiedades dentro y

fuera del país. Pero la gran pregunta es ¿habrá alguna solución? ¿Qué podemos hacer para combatir este flagelo social, económico, cultural y hasta político? No podemos seguir indolentes ante situaciones como estas.


Colombia ha demostrado que ante estas situaciones es resiliente, un claro ejemplo es el acuerdo

de paz, pero ante esta situación urge una reforma tributaria, pero una que sea justa, no como las

anteriores que solo buscaban que las clases bajas costearan los déficit del país, mientras los ricos

se hacían más ricos, esta vez tiene que ser una reforma progresiva, donde los que más tienen

sean los que más aporten, tal vez así empecemos a romper la brecha social y adoptemos un

pensamiento más humano frente a las regiones más rezagadas. Necesitamos políticas públicas de

inclusión que rompan el círculo de exclusión que fomenta la pobreza y por ende la desigualdad.

La desigualdad en Colombia no es una casualidad ni un accidente; es el resultado de decisiones

políticas, económicas y sociales. Si queremos construir una sociedad más justa y equitativa,

debemos empezar por reconocer que este no es solo un problema de los pobres, sino un reto que

nos involucra a todos.


Porque una Colombia menos desigual no es sólo más justa, también es más fuerte.

 
 
 

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