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Inteligencia artificial y educación colombiana: 
entre la promesa y el abismo

Por: Henry Carrascal Carrascal

Escritor y docente colombiano. Autor de Anatemas y Lecciones para el desastre, además de los siguientes libros inéditos: dos novelas, dos colecciones de cuentos y tres poemarios.

17 de Abril de 2026

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Lo primero que me vino a la mente ante los reparos de un colega sobre el uso de la inteligencia artificial en el aula, fueron mis estudiantes del Catatumbo. No las novedades, ni las plataformas. Ellos: los que caminan cuarenta minutos por trocha para llegar a clases, los que comparten el cuaderno porque no alcanzó para todos, los que a veces no llegan porque la situación en la región no lo permite. Hablar de IA desde ahí tiene algo de extraño, casi de irónico. Mientras en los centros tecnológicos del mundo el debate se centra en cómo optimizar los algoritmos, en muchas aulas de nuestra geografía los estudiantes todavía luchan por acceder a una conexión estable a internet. Esa brecha no es un detalle anecdótico: es el primer obstáculo real, concreto, que enfrenta cualquier política de incorporación de IA en la educación del país.

Sin embargo, no puedo ignorar lo que también he visto. Cuando alguno de mis estudiantes logra conectarse y descubre estas herramientas, algo cambia en su rostro. 

De pronto tiene acceso a recursos que antes eran impensables para alguien en su situación. La inteligencia artificial, con sus herramientas de generación de texto, de análisis, de retroalimentación instantánea, tiene un potencial democratizador que sería deshonesto desconocer. Un estudiante del Bajo Cauca o del Catatumbo, con acceso adecuado, podría contar hoy con recursos de aprendizaje, que antes eran exclusivos de las élites urbanas. Eso no es menor.

 

Pero el acceso es solo una parte del problema. La que quizás me preocupa más, porque la veo ocurrir en mis propias clases, incluso donde hay conectividad, es otra: el riesgo de que la facilidad de estas herramientas le quite al estudiante la necesidad de pensar. He visto trabajos que huelen a máquina desde la primera línea. Frases perfectas, argumentos bien armados, pero sin la huella de nadie. Sin el tropiezo que revela que alguien estuvo ahí, luchó con una idea, no encontró las palabras al primer intento. La escritura argumentativa, el pensamiento crítico, la capacidad de sostener una idea propia bajo presión: esas son competencias que no se desarrollan si siempre hay un algoritmo dispuesto a reemplazar el esfuerzo. Las instituciones educativas colombianas, en su mayoría, aún no saben bien qué hacer con esto. Pocas cuentan con políticas claras sobre el uso ético y pedagógico de la IA. Los docentes navegamos sin brújula.

 

No creo que la respuesta sea prohibir. Tampoco rendirse. Como escritor, sé que la herramienta no hace al artesano: lo que importa es la intención, el oficio, la conciencia de para qué se usa cada cosa. La IA puede ser un andamio útil si el estudiante sabe que él es el arquitecto; puede ser una trampa si se convierte en el edificio completo. La diferencia, en última instancia, la tienen que marcar los establecimientos educativos: con currículos que integren estas tecnologías sin entregarles las llaves, con docentes formados para enseñar en este nuevo territorio, con estudiantes que aprendan a usar la IA como se aprende a usar cualquier herramienta poderosa: con respeto y con criterio.

 

Colombia tiene la oportunidad de reflexionar a fondo sobre esta coyuntura. No desde la imitación de modelos importados que no conocen nuestra geografía ni nuestra historia, sino desde lo que somos: un país con una brecha tecnológica profunda, con regiones que todavía pelean por condiciones mínimas, y con una tradición educativa que, cuando funciona, lo hace porque hay un ser humano frente a otro.

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